Aviso
Las personas que puedan sentirse afectadas por relatos sobre depresión, desesperación, pensamientos suicidas u otras crisis psicológicas no deberían leer este artículo.
Por qué escribo este artículo
A veces ciertos temas nos hacen recordar épocas que creíamos haber dejado atrás hace mucho tiempo. Hace poco volví a pensar en el año 2010, la crisis más profunda de toda mi vida.
Fue el año en que perdí la custodia de mis hijos. Desde mi punto de vista, aquella decisión nunca estuvo justificada. No era una madre que descuidara a sus hijos. No consumía drogas, bebía alcohol muy rara vez y en pequeñas cantidades, sabía asumir responsabilidades, poner límites, motivar a mis hijos y cuidar de mi familia.
Precisamente por eso aquella situación me golpeó con tanta fuerza. No podía comprender lo que había ocurrido. Y menos aún podía aceptar que todos mis esfuerzos no cambiaran nada.
Quizás alguien que lea este artículo haya vivido una situación que se salió completamente de control. Quizás alguien esté buscando esperanza. Por eso quiero contar cómo viví aquella etapa y por qué hoy puedo decir que existe vida después de una crisis.
El vídeo detallado sobre las razones de esta crisis
Por qué tuve que separarme de mis hijos
Los antecedentes
Tanto el padre de Lukas como, más tarde, el padre de Sascha me abandonaron durante el embarazo. A pesar de ello, siempre tuve claro que asumiría la responsabilidad de mis hijos. Los amé desde el primer momento y quería ofrecerles un hogar seguro y lleno de cariño.
Durante la mayor parte de mi vida como madre trabajé a tiempo completo o parcial, a menudo en turnos rotativos. Como madre soltera, tenía muchas menos oportunidades laborales que otras personas. Al mismo tiempo estaba construyendo una casa unifamiliar y pagando una importante hipoteca. De alguna manera, estaba atrapada en la rueda de hámster que nuestra sociedad suele presentar como sinónimo de éxito.
Ya entonces notaba que estaba superando constantemente mis límites. El agotamiento se acercaba poco a poco. Como persona decidida y orientada a las soluciones, seguí intentando mantenerlo todo en pie. Funcionaba. Y seguía siendo una buena madre.
Al final, fue algo completamente diferente lo que provocó mi caída.
Debido a mis horarios de trabajo necesitaba una cuidadora para mis hijos. Había sido recomendada por los servicios de protección de menores. Cuando más tarde decidí alquilar nuestra casa en Baja Baviera y mudarme a la zona metropolitana de Múnich, cerca de Wolfratshausen, ella se sintió comprensiblemente decepcionada.
Siempre que mis hijos tenían alguna dificultad, yo buscaba ayuda profesional. Cuando Lukas tuvo problemas de lenguaje, recibió apoyo de una logopeda. Cuando Sascha seguía mojando la cama por la noche, consulté a una terapeuta infantil. Todo quedó documentado.
Cuando más tarde necesité ayuda de los servicios sociales en Wolfratshausen porque no había ninguna cuidadora disponible para mis horarios de trabajo, esa misma transparencia terminó volviéndose en mi contra.
Los servicios sociales propusieron una familia de acogida. Para justificar esa medida necesitaban pruebas de unas necesidades educativas especiales. Por ello firmé autorizaciones para que pudieran acceder a nuestros informes médicos.
Junto con algunas declaraciones negativas de la antigua cuidadora, se construyó una argumentación que inicialmente justificó el acogimiento familiar. Poco a poco, aquel proceso condujo a que me fueran retirando cada vez más derechos como madre.
Al principio solo podía ver a mis hijos una vez por semana.
Más tarde, solo cada dos semanas.
Luché ante los tribunales para recuperarlos. Al mismo tiempo tuve que declararme en insolvencia personal después de que un inquilino destrozara mi casa y dejara de pagar el alquiler. Reduje mi jornada laboral porque esperaba que eso aumentara mis posibilidades de recuperar la custodia.
Pero el tribunal falló a favor de los servicios sociales.
Perdí la custodia de mis hijos.
Finalmente vendí mi casa con grandes pérdidas después de dedicar tres meses a renovarla. Para entonces había llegado al punto más bajo de mi vida.
Cuando luchar deja de tener sentido
Hasta entonces siempre había resuelto mis problemas actuando.
Si algo no funcionaba, buscaba una solución. Si una meta era importante, luchaba por ella. Si aparecían obstáculos, trabajaba más duro.
Pero de repente me encontré frente a una situación que no podía cambiarse ni con esfuerzo, ni con disciplina, ni con perseverancia.
Sentía que chocaba contra un muro.
Por primera vez en mi vida, ser una persona orientada a las soluciones ya no servía de nada.
Aceptar eso fue casi más difícil que la propia pérdida.
Cómo me sentía durante la crisis
Durante semanas permanecí tumbada en el sofá mirando hacia la pared.
Las cortinas estaban cerradas. La televisión permanecía encendida de fondo, pero apenas prestaba atención a lo que se emitía.
Me negaba a aceptar mi situación.
Mi corazón deseaba abrazar a mis hijos cada día. Había hecho todo lo posible para demostrar que era una buena madre. Lo extraño era que nadie cuestionaba realmente eso. El argumento era simplemente que mis hijos tenían necesidades educativas especiales que yo, como madre soltera, supuestamente no podía cubrir.
Mi desesperación llegó a ser tan profunda que durante semanas no vi ningún sentido a la vida.
Ya no quería tener metas.
No me quedaban fuerzas.
No quería seguir ningún camino.
Permanecer tumbada allí era como esperar el final.
Cómo Dios llegó hasta mí en aquel tiempo
Hoy, muchos años después, creo que Dios cuidó de mí de una manera que entonces no podía comprender.
Mientras permanecía durante semanas en el sofá sin apenas ganas de seguir viviendo, la televisión seguía encendida de fondo. Una y otra vez escuchaba las predicaciones de Bayless Conley. Hoy ya no recuerdo sermones concretos, pero sí recuerdo la sensación de que siempre había alguien hablando de esperanza y animándome a no rendirme.
En aquella época sentía a menudo que Dios había enviado un predicador a mi salón. Una y otra vez escuchaba mensajes que me animaban a seguir adelante, incluso cuando ya no veía ninguna razón para hacerlo. Sentía que Dios no me había olvidado, aunque yo no pudiera ver ningún camino ante mí.
Tal vez otras personas interpretarían esta experiencia de otra manera. Para mí, sin embargo, fue una parte importante de mi regreso a la vida. Cuando miro atrás hoy, creo que Dios me sostuvo cuando yo ya no tenía fuerzas para sostenerme a mí misma.
La amiga que se negó a rendirse conmigo
Por suerte estaba Jana.
Jana era amiga de Uli, que también había sido amiga mía en el pasado. Durante los años que viví en Wolfratshausen apenas tuvimos contacto.
Mientras tanto, Uli había caído en una grave depresión. Su pareja de muchos años la había abandonado. Comenzó a tomar medicamentos sin supervisión médica. Nunca sabré si fueron los medicamentos, la depresión o ambas cosas las que condujeron a su muerte.
Jana me contó que Uli había pasado semanas enteras mirando por la ventana en un estado de apatía total.
Un día fue encontrada ahorcada en su granero.
Durante mucho tiempo Jana se culpó por no haber podido evitarlo.
Cuando me vio pasar los días en el sofá detrás de las cortinas cerradas, recordó inmediatamente las últimas semanas de Uli.
Por eso se negó a dejarme sola.
Casi todos los días me obligaba a levantarme.
Me llevaba de compras.
Me animaba a realizar las tareas del hogar.
Me sacaba para preparar leña.
Me empujaba a enviar solicitudes de empleo.
En aquel momento aquello me parecía tremendamente molesto.
Hoy creo que Dios actuó no solo a través de aquellas predicaciones, sino también a través de Jana.
Ella era como un dolor incómodo que te mantiene despierto cuando lo único que deseas es rendirte.
Y precisamente por eso fue tan importante.
El tiempo comenzó a sanar
Con el tiempo algo empezó a cambiar.
No de un día para otro.
No gracias a un momento mágico.
Sino poco a poco.
El tiempo comenzó a aliviar el dolor.
Unos meses más tarde empecé un programa de empleo subvencionado.
Volví a tener una tarea.
Después aparecieron nuevos objetivos.
Y finalmente volvió a existir un futuro.
Mi conclusión once años después
Cuando miro atrás hoy, aquella etapa casi parece irreal.
En aquel momento no podía imaginar que volvería a ser feliz algún día.
Durante años me resistí a la idea de disfrutar de la vida sin tener a mis hijos conmigo. Cuando otras personas me decían que debía comenzar una nueva vida, aquello me parecía una burla.
Pero poco a poco fui recuperando un propósito.
Incluso volví a casarme.
Cuando mi marido me dejó en 2018 porque ya no creía en nuestro matrimonio, comenzó otro capítulo completamente nuevo.
Mirando atrás, aquel nuevo comienzo me condujo a una vida más feliz de lo que jamás habría imaginado.
Gracias a mi vida en el coche perdí unos veinte kilos. Aprendí dos idiomas nuevos. Descubrí nuevos lugares, nuevas personas y una libertad que nunca había conocido.
Hoy me siento más equilibrada y feliz que en muchas etapas anteriores de mi vida.
Por eso quiero decirle algo a cualquier persona que esté atravesando una situación que parece no tener salida:
Aunque hoy no puedas creerlo, tu vida puede ser completamente diferente dentro de algunos años.
A veces la solución no consiste en seguir luchando.
A veces la solución consiste simplemente en sobrevivir un día más hasta que vuelva a aparecer la luz.
No te rindas.
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